– ¡Volviste! – dijo Nathifa muy emocionada al ver a Verónica,
quien después de dos días por fin había regresado de un duro enfrentamiento.
–Te dije que volvería. No puedo morir sin antes vengar y
reclamar lo que es del pueblo– Verónica respondía con dificultades y apretó los
ojos respirando con fuerza.
– ¿Estás muy herida? – Trataba de no sonar preocupada pero
era inevitable, su tono de voz denotaba la preocupación que tenía desde su
partida.
– No me caería mal algo de comer– realmente estaba evadiendo
la pregunta. Nathifa frunció la boca y se limitó a traerle un plato de sopa
caliente; Verónica ya estaba sentada en la mesa y había dejado sus armas a un
lado al igual que su armadura de cuero color café. Aun respiraba con fuerza y
su rostro reflejaba fastidio como si no quisiera hacerlo pero era imposible
dejar de respirar. Nathifa esperaba en silenció a que la joven guerrera
terminará de comer mientras la veía tratando de detectar alguna herida, pero no
vio nada. Verónica terminó de comer y fue a sentarse junto a su compañera en la
cama.
– ¿Te he hecho preocupar demasiado?- preguntó en voz baja.
–Sabes que sí…– respondió mientras le daba un leve abrazo
pero al tocar su espalda sintió algo húmedo, ¿podría ser?... –Permíteme cambiar
tus ropas– quería comprobar si aquello era…
–No tienes por qué molestarte, puedo hacerlo yo sola–
Verónica quería evitar preocuparla más.
–Insisto…– Nathifa le dedicó una mirada de desesperación y
tristeza.
–Lo siento mucho, Thifa– se quitó lentamente en un suspiro
muy largo la blusa negra que llevaba. –Trate de ser cuidadosa, en verdad trate-
tragó saliva esperando la reacción de su compañera.
– ¡Santo cielo!, ¡¿cómo es posible que no pensabas decirme
algo así?! Verónica, no puedo evitar preocuparme pero si no cooperas… yo no soy
adivina, sólo porque lo sentí pude saberlo. ¿Quién más si no soy yo va a
curarte?– sus ojos estaban vidriosos y su semblante preocupado. La espalda de
Verónica estaba ensangrentada y con múltiples heridas. Nathifa fue corriendo a
buscar el botiquín de emergencia.
– Thifa, en verdad lo siento mucho–
– Tonta, sólo callare y aguanta– comenzó a limpiar la sangre
con un trapo suave y agua tibia para después sanarlas con algodón y alcohol. –
¿Te duele mucho? – pareciera que a ella le estaba doliendo más ver que a la
misma herida.
– Un poco pero prosigue– respondió entre quejidos.
Después de veinte minutos de estar limpiando y sanando las
heridas vendó su torso. Nathifa suspiró y se hecho en la cama. Verónica la vio
de reojo a sus espaldas y lentamente se recostó también quedando hombro a
hombro con ella. Giró su cabeza a verla pero Nathifa volteó al otro lado.
Verónica le dijo que todo estará bien y no se preocupara más pero sus palabras parecían
no tener validez para la otra y como si sus palabras hubieran sido cuchillas,
Nathifa comenzó a sollozar porque la joven guerrera nunca había regresado en
tan mal estado y temía que se volviera a repetir.
– Thifa…no sé de qué otra manera decirte que lo siento.
Prometo informarte de mis heridas de ahora en adelante. No quiero verte
agobiada– tragó saliva y prosiguió –no hay nadie más a quien le permita curar
mis heridas, mejor dicho, a quien le permita tocarme, igual siento mucho si te
hice creer que había alguien más– sus latidos se aceleraban de poco en poco,
nunca le había dicho algo como eso antes y de hecho parecía una confesión de amor. A Nathifa también se le aceleraron los latidos del
corazón al sentir a la joven guerrera tan cerca de ella; dejó de sollozar y le
dijo que estaba bien, que todo ya ha pasado pero que no rompa su promesa. Hubo
silencio por un momento y Verónica respondió únicamente con un abrazo, rodeó la
cintura de su acompañante y le susurró al oído que quisiera dormir así esa
noche. Nathifa estaba llena de ansias por voltear y besar a la joven guerrera
pero calmó sus impulsos y aceptando la propuesta tomó la mano de Verónica, la
que la tenía rodeada y lentamente ambas comenzaron a entrelaza sus dedos.
Nathifa tragó saliva y se volteó para ver el rostro de quien sería la salvadora
del reino, nadie imaginaria aquella escena mostrándose tan frágil. Verónica le
dedicó una mirada tierna con un poco de cansancio y recostó su cabeza en los
pechos de su acompañante quien se sonrojó ante tal acción inesperada pero no
dijo nada y con la mano que tenía libre comenzó a acariciarle el cabello rojizo
para adormecerla hasta quedar dormida también. Ambas dormían con un leve rubor
en el rostro y las manos entrelazadas.
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