viernes, 8 de febrero de 2013

Escena aleatoria

–Sólo déjate llevar por tus deseos, te aseguro que no lo lamentarás. –Dijo la mujer de figura sensual al hombre debajo de ella. El hombre sonreía burlonamente, no le interesaba el sexo fácil, al menos no esa noche, tenía cosas más importantes en que pensar. La hizo a un lado y ladeo la cabeza con una expresión aun burlona. –No sé que quieras de mí pero no lo conseguirás de esa manera, esta noche no soy como todos los hombres que caerían rendidos ante tus predominantes curvas y perfectos pechos. –Dicho esto, tomó su chaqueta y camino a la puerta fue detenido por la mujer quien sólo lo veía con aire retador y semblante frío pero él pudo mantener su mirada penetrante y al cabo de unos segundos él decidió irse, dejándola sola en la habitación.
La mujer estaba molesta pero le parecía aun más interesante el trabajo de seducir a un hombre como él, era el primero que se resistía realmente a sus encantos.
–Tal vez la cantidad que me ofrecieron por esto no es suficiente... –se arregló el cabello, tomó sus cosas y salió de la habitación.

¿Lardón o pianista?

–¿Te gusta lo qué ves? –Preguntó un hombre que salió de entre los arbustos refiriéndose a todo lo que le estaba rodeando–. Todo esto podría ser tuyo, esta libertad, esta sensación…todo lo que ahora te rodea podría seguir ahí, o podrías volver a tu prisión inmensa rodeada de paredes de color mate y lujos innecesarios que no te satisfacen tanto como los lujos de la naturaleza…así que, tú eliges. Por supuesto, la libertad no será gratis, tiene un precio que debes estar dispuesta a pagar, de no ser así sólo me queda decir adiós. ¿Qué eliges bella dama?–. Dijo el hombre de aspecto cuestionable hacia la joven dama parada en el balcón, viéndolo fijamente con sus ojos claros llenos de incertidumbre ante dicha propuesta.

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–¿Te parezco perfecto?, deberías saber que la perfección no existe. Ni en mi manera de tocar el piano existe dicha perfección, tocando ésta pieza he cometido más de un error y no lo has notado porque soy bueno aparentando, sé engañar al oído humano cuando comento errores en las notas pero no puedo engañar a la música misma, las notas saben que algo está mal y no pueden hacer nada más que dejarse hacer a mi voluntad pero yo y ellas sabemos que no todo fue correcto. –El hombre sentado frente al piano suspiró y vio con sus ojos grisáceos a la chica que estaba maravillada con él y su forma de tocar el piano–. Deja de buscar la perfección, sólo déjate engañar con las habilidades de los que creen ser perfectos, y recuerda, no te dejes seducir por ellos que tarde o temprano te dejaran por no saber fingir ni engañar–. Dicho aquello, él se levantó de la pequeña silla frente al piano y se fue sin decir siquiera un adiós.

domingo, 3 de febrero de 2013